La Coctelera

Libertad ¿Sabes que és?

¿Desde hace cuanto eres un trabajador? ¿Porqué siempre esperas con ansias el cheque quincenal? ¿Crees que podría haber una mejor forma de ganar dinero?

5 Enero 2006

Y pensaba que era yo quien la manejaba... (1era parte)


Cómo todos en la vida, siempre deseaba lo mejor para mi y para mi familia. Pero mi problema comenzó aún antes de casarme. En realidad se convirtió en mi amante y me fue muy difícil el dejarla de manera definitiva.

Acababa de terminar la universidad y fue que la conocí. Llegó a mi, muy despacio, como deslizándose tímidamente, hasta ingresar a mi vida y seducirme, irremediablemente caí en sus brazos. Al comienzo era muy cariñosa, amable, siempre me defendía cuando me encontraba en alguna situación difícil. Pero como todo lo que se descuida, este enamoramiento se convirtió en un completo infierno.

Sus brazos de seda se convirtieron en una soga alrededor de mi cuello, sus palabras dulces se transformaron en gritos demandantes de atención y mi vida tomó un matiz completamente gris y azorado. Lo que antes fue un coqueteo candoroso, se transformó en un gran deseo de divorciarme a como diera lugar.

Bueno y ¿Cómo comenzó nuestra historia? Creo como todas las historias de amor, con una mirada de soslayo, una pequeña sonrisa y mucha ilusión. Era realmente hermosa, su piel era de un bonito color dorado, llevaba en su testa en bonitas letras blancas escrito su nombre muy juntito al mío.

Pensé que era sólo mía, pero me equivoqué, ¡Qué desilusión! Muy pronto me di cuenta que su nombre estaba en boca de muchas personas. Y cual sería mi sorpresa cuando vi que también era amante de casi todas ellas. Pero lo hacía tan bien, que nadie se quejaba de no ser el único, nadie estaba celoso.

Pero eso no era nada, lo peor era que ella podía sacarle la plata que quisiera a cualquiera de sus amantes. Y siempre pedía más y más. Y todos le daban todo su dinero sin chistar siquiera. Y aunque me duele decir su nombre no puedo guardarlo por más tiempo, ella se llama American Express.

Siempre la llevaba muy juntito a mi, a cada lugar que iba. Nunca salía sin ella, lo importante es que no me di cuenta que mientras más la usaba, mayor era el peso de la gran rueda de molino atada a mi cuello.

Ahora que lo pienso mejor, el problema no apareció por el hecho de andar de coqueteos con ella, apareció cuando pensé que podría controlarla en el momento que yo quisiera...

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