Bansir, el fabricante de carros de la ciudad de Babilonia, se sentía muy desanimado. Estaba sentado en el muro que rodeaba su propiedad, contemplaba tristemente su modesta casa y su taller, en el que había un carro sin acabar.

Su casa estaba dominada, en la parte trasera, por los muros que rodeaban las terrazas del palacio real. Muy cerca de allí, la torre pintada del Templo de Bel se recortaba contra el cielo azul. A la sombra de una majestad tal se dibujaba su modesta casa y muchas otras también.

Así era Babilonia: mezcla de suntuosidad y simplicidad, de cegadora riqueza y de terrible pobreza sin orden alguno en el interior de las murallas de la ciudad.

Si se hubiera molestado en darse vuelta, Bansir habría visto como los ruidosos carros de los ricos empujaban y hacían tambalearse tanto a los comerciantes que llevaban sandalias como a los mendigos de pies descalzos.

Que los Dioses te bendigan con gran generosidad, mi buen amigo – dijo Kobi a modo de saludo -. Pero me parece que ya son tan generosos que ya no tienes necesidad de trabajar. Te ruego que me hagas el favor de sacar dos shekeles de tu bolsa que debe de estar bien llena, puesto que no estás trabajando.

Si tuviera dos shekeles – respondió tristemente Bansir – no podría prestártelos porque serían toda mi fortuna.

¿No tienes ni un shekel en la bolsa y permaneces sentado en el muro como una estatua? ¿Porqué no acabas ese carro?

Debe de ser un suplicio que me han enviado los Dioses – comentó Bansir – Comenzó como un sueño, un sueño que no tenías sentido, en el que yo creía que era un hombre afortunado. Tenía shekeles que tiraba despreocupadamente a los mendigos. Me invadía un maravilloso sentimiento de satisfacción.

Un bello sueño en efecto - comentó Kobi -, pero ¿Por que sentimientos tan placenteros te habían de convertir en una estatua sentada sobre el muro?

¿Porqué? Porque en el momento en que me he despertado y he recordado hasta que punto mi bolsa estaba vacía, me ha invadido un sentimiento de rebeldía. Ganamos mucho dinero durante años pasados, pero los goces de la riqueza sólo los hemos podido experimentar en sueños. ¿Somos acaso estúpidos borregos? Vivimos en la ciudad más rica del mundo. Ante nosotros se extiende esta riqueza pero no poseemos nada de ella. Tras haber pasado la mitad de la vida trabajando arduamente, tú, mi mejor amigo, tienes la bolsa vacia y me preguntas: ¿Porqué no puedo prestarte una suma tan ridícula como dos shekeles? Mi bolsa está tan vacía como la tuya. ¿Qué es lo que no funciona? ¿Porqué no podemos conseguir más plata y más oro?

Todos estamos inmersos en aquel sueño. Un sueño que nos mantiene paralizados, sin saber a donde ir. Sin saber que hacer. Estamos paralizados soñando con el dinero y lo que podríamos comprar con él.

Soñamos con todas las cosas que podríamos comprar de tener el dinero suficiente. Siempre estamos pensando en lo que podríamos comprar y hacer con él. Son pocas las personas que se detienen a pensar como juntar y adquirir aquel dinero que les permitirá comprar sus sueños.